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Familia_valencia

Dejar Valencia


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Dejar valencia fue una decisión difícil. Allí fuimos muy felices y nos sentimos en casa. Creamos un hogar. Hicimos muy buenos amigos. Valencia nos acogió con los brazos abiertos y nos enamoró desde el primer día.

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Pero los proyectos acaban y teníamos que cambiar de barco para poder seguir navegando. Aunque el siguiente navío, que debía llevarnos a Argentina, a Puerto Madrero, se fue a pique antes de zarpar.

Aún no había nacido Gloria y Manuel era un bebé de un año. Papi se fue el primero para preparar allí, en Argentina, nuestra llegada y yo debía quedarme en Valencia hasta acabar el curso y dejar nuestro piso de alquiler para entonces reunirnos todos al otro lado del charco. Sentíamos tanta ilusión por los nuevos planes como nostalgia por todo aquello que dejábamos atrás.

Se acercaba el mes de julio y como cada año, era el momento de decidir qué hacer para el próximo curso. La opción que se nos planteaba en Buenos Aires era, a priori, muy atractiva y decidimos lanzarnos a hacer las Américas.

Tenía poco más de un mes para vaciar mi casa. Desmontar nuestro hogar una vez más. No nos salía rentable mudar nada al otro lado del océano y no teníamos donde dejar nuestras cosas. La mejor opcion era vender aquí y volver a comprar allí. Anuncié por internet que vaciaba mi casa, que lo vendía todo.  ¡Monté un mercadillo de muebles y electrodomésticos en mi piso! Camas, lamparas, televisor, colchones, sofá, coches… lo vendí todo y me fui a casa de mis padres con mi niña y mi bebé y tres maletas de ropa para organizar nuestro traslado.

Pero las cosas nunca salen como uno lo espera, y finalmente Argentina no fue nuestro siguiente destino.

Cuando nos quisimos dar cuenta, nos vimos sin casa, sin coche, ni muebles, ni tele, ni Thermomix… Poco más que una maleta con ropa, una niña pequeña, un bebé y un verano duro que afrontar con la familia dividida entre dos continentes.

Papá volvió a Sevilla a final de Agosto. No teníamos colegio previsto, ni casa, ni cosas. Nada. Pasamos una racha complicada. Fue un golpe duro. Vivimos varios meses en un apartahotel con nuestras tres maletas y buscamos un colegio ya empezado el curso para Carmen. Estábamos absolutamente desubicados.

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Y una vez más me di cuenta de que hay que vivir el presente. Que de todo se aprende. Aprendimos a vivir con poco, sin planes y con un futuro incierto. Confiando en que hallariamos una salida a tiempo. Y tratando de no perdermos demasiado.

Cuando apuestas y pierdes se pasa mal. Tocamos fondo una vez más para volver a salir a flote cargados de fuerzas renovadas y  nuevos proyectos. Y un nuevo embarazo. Un nuevo bebé que volvería a ampliar la familia y a llenarla de alegría e ilusión.

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Después de la tormenta siempre llega la calma. La familia debe permanecer unida aunque a veces se pasen malas rachas y no veamos la salida. El tiempo pasa implacable y se lo lleva todo, lo bueno y lo malo. Disfrutemos, porque cada día que se va ya no vuelve.

Han pasado dos años desde que nos fuimos, hemos vivido un poquito en África y también en Dublín acompañando a papi en sus proyectos. Ahora estamos asentados en Sevilla, disfrutando de la estabilidad de un destino tranquilo y conocido. Pero echando inevitablemente de menos la aventura y sobre todo nuestra Valencia y a nuestros valencianos. Cada día quiero volver. Para vosotros este post. ¡Os queremos!

Manuel buceando

Cómo enseñar a nadar a tu hijo

Llega el verano, el calor, las piscinas y la playa. Es el momento de enseñar a nadar a nuestros hijos. Yo he enseñado a los míos en pocos días y sin traumas ni presiones ni cursillos. Jugando. O eso creen ellos. En realidad mi objetivo es que aprendan a no ahogarse. No me gusta apuntarlos a talleres de natación antes de que naden, me fío más de mí que de nadie y quiero compartir con ellos ese aprendizaje.

La mejor opción, pues, es que seamos las mamás y papás quienes nos pongamos con nuestros hijos a esta tarea. Ellos confian en nosotros por encima de todo y estarán más relajados si estamos con ellos en esto y sienten que estamos seguros y convencidos de lo que hacemos. Así que mi consejo es que no los apuntéis a clases de natación, al menos hasta que sepan nada o corremos el riesgo de que ocurra justo lo contrario y le cojan miedo al agua.

Es muy importante nuestra actitud. Fuera miedos y tensiones. Estamos jugando y es muy divertido. Asumamos que van a tragar agua y que hay que dejarlos probar, equivocarse y que asuman riesgos. Confiemos en que son capaces. Nuestros hijos han de vernos seguros. Decididos. Relajados.

El objetivo del juego es conseguir que  sean capaces de saltar al agua y agarrarse al bordillo ellos solos. Con eso sabremos que si se caen al agua no se ahogarán. Así que fuera manguitos y fuera miedos. Poco a poco. En dos semanas debe estar superado y no necesitamos mas de 10 min al día. El juego se llama ¡vamos a saltar! Y se juega así:

Mamá o papá se ponen en el agua, muy cerca del bordillo y de la escalerilla. Nuestro hijo salta y nosotros lo cogemos. El primer dia sin asumir riesgos, que coja confianza. Lo cogemos antes de que meta la cabeza bajo agua y lo acompañamos directos al bordillo o la escalerilla sin que se nos agarre al cuello como un mono. Así conseguimos por un lado pierda el miedo, y por otro, que interiorice el camino de vuelta a tierra firme.

Cuando el paso uno esté asumido en un par de días o tres, hacemos lo mismo pero un salto de cada tres dejamos que la cabeza se hunda en el agua. Si sale asustado le quitamos importancia, nosotros lo felicitamos por lo bien que lo hace y lo invitamos a repetir. Debemos quitarle importancia y gravedad. Es un juego.

Carmen buceando

Carmen buceando.

Poco a poco cada vez dejaremos que se hunda más y nos pondremos un poco más lejos para, en vez de acompañarlo hasta la escalera, soltarlo una cuarta antes. Y así progresivamente hasta que en diez días, y sin darse cuenta, nuestro hijo es capaz de saltar, girarse y agarrar el bordillo solito. ¡Ya sabe nadar!

Ya podemos felicitarlo xq es todo un campeón y empezar a complicar la ecuación hasta que no tengamos que estar dentro del agua y puedan saltar y cogerse al bordillo solos. Para esto podemos proponerle que salte como un avión, como un tigre, una princesa o una roca. Les encanta hacer saltos animados y se olvidan del objetivo que es que aprendan a nadar.

Por supuesto, no dejemos nunca  nuestros hijos en el agua sin supervisión de un adulto.

 

Os muestro un vídeo explicativo para que veáis en vivo y en directo lo que os cuento: